Y, compadeciéndose de la dureza de la maldición con que expulsó a Adán y Eva del paraíso, Dios ordenó a Adán:
"Atenderás sus humedades con el empuje de tu boca."
Y vivieron felices desde entonces.
viernes, 19 de agosto de 2022
Fuera del Edén...
miércoles, 6 de julio de 2022
bailamos?
Los acordes del saxo se apagan y quedamos de pie, estrechándonos más a cada mordisco. Me pierde el aroma de tu pelo y la piel mullida de los hombros sobre los que cae como cascada, me engolosino sobre una cadera que vibra sabiéndome incapaz de dejar de imaginarte tendida y tibia. Te retiro una mano de mi hombro y la guío a mi garganta, y luego hacia abajo, despacio, apretando hasta llegar al vientre. Sí, que presione allí, con la palma, que sea firme para consolidar este deseo de alojarme en sus santuarios. Aprovecho la penumbra y te seduzco de a poquito besando tus cejas y párpados, no dejo de acariciar tu rostro de durazno, busco intuir en el contorno de tus senos el color apiñonado que los corona. Me lleno de tus besos en cuello y pecho, y de la forma en que acaricias espalda, torso y pelo. Las ropas al caer sobre la alfombra se buscan estableciendo sus propias penetraciones compartidas tu ternura y tu tibieza, mi olor y mi deseo. Siento tu aliento entrecortado y tibio sobre mi pecho. Cálida, húmeda y tersa es la sensación que regalas a mis dedos que te exploran guiados por la brisa marina que exhalan tus profundidades. Y no llegamos a la cama, te elevas sobre mí cruzando los talones tras mi espalda para guardar el equilibrio. Y recorro nuevamente tus curvas con mis manos y tus senderos estrechos con mi sexo, tu horno de piel que me cocina con tus jugos condimentado con mis ansias. Y con tu espalda contra la pared te poseo toda, me deleito con tu rostro, con las pecas de tu escote, con la imagen de mi vaivén que me pierde tras tu pubis junto al sonido gozoso, borboteante, que provoca al salir y entrar una y otra vez hasta alcanzar la sensibilidad máxima de tus texturas internas justo antes de que tu orgasmo secunde al mío con contracciones compartidas preanunciadas con gemidos entrecortados. ¿Me concedes, amor, la siguiente pieza?
domingo, 3 de julio de 2022
miércoles, 29 de junio de 2022
miércoles, 22 de junio de 2022
¡Sorprendeme!
Esa tarde había
terminado a buena hora todo lo que tenía programado trabajar para la jornada.
Me di un buen baño y salí a la tienda de la esquina para comprar alguna
golosina. No era porque en realidad la quisiera, sino que me gusta salir a
caminar un poco y de paso ver a Jazmín, la dependiente, dueña de un derriere
de ensueño que suele lucir con ropa muy ajustada. Tuve suerte: ese día vestía unos
leggins blancos que ahora no cubría (como solía ocurrir) bajo una blusa
larga.
Me quedé un rato haciendo tiempo
curioseando los mostradores de la tienda y las piernas de Jazmín. En eso llegó Karina,
una atractiva vecina maestra de danza que daba clases de ballet en un estudio
en su casa, hasta que la pandemia la obligó a cerrar su local. Nos saludamos
mientras ella compraba un six de cervezas y algunas botanas saladas. Salimos
de la tienda, y me pareció ver que ellas intercambiaron miradas de complicidad
al momento de despedirse. Empezamos a caminar juntos rumbo a nuestras
respectivas casas cuando de pronto, me preguntó a bocajarro:
Sin saber por
qué, contesté con absoluta sinceridad: –Se me antojan sus nalgotas. –No me dio
tiempo de asombrarme de mí mismo por contestar así, cuando Karina prosiguió:
–Pues las tuyas
no están nada mal.
–No te hagas ilusiones con ella: es gay. Alguna vez se acercó a mis clases y pudimos intimar un poco. La verdad es que sí tiene un cuerpo de campeonato, pero no es muy mi tipo.
Debo haber puesto
cara de bobo, porque en seguida añadió:
–No todo lo que
se dice de mí y mi mala fama es cierto, pero sí hay cosas que pocos saben, como
ésa que te acabo de decir. Anda, vamos a mi casa, te invito una cerveza para
que se te baje lo ruborizado.
Pasamos al salón donde daba las
lecciones de ballet, ahora acondicionado con muebles cómodos y pantallas de
video estratégicamente distribuidos para aprovechar al máximo los enormes
espejos de las paredes. Quitó dos cervezas del paquete y puso el resto en el frigobar
junto al gran equipo de sonido, que encendió para poner un cd de jazz tocado
con saxofón.
Nos sentamos uno frente al otro
en sillones tipo puff muy cómodos mientras conversábamos de trivialidades y
pasábamos a beber licores más fuertes. Ya en confianza gracias al alcohol, la
conversación derivó a temas cada vez más candentes. Me confesó que su vida
íntima se había visto muy restringida por la pandemia, pero que el sexo virtual
la aburrió muy rápido. Sobre todo, le molestaba que se le acercaran con el típico
“te enseñaré a gozar”, –como si una no supiera –me dijo. Estuve de acuerdo; le
comenté que si algo había aprendido era que lo mejor que podía hacer uno con
una mujer sólo era ayudarla a alcanzar el éxtasis y gozarlo con ella.
Ella descruzó las piernas, me
miró con picardía y de pronto dijo: –Sorpréndeme.
Le pedí que se acercara. Metí
las manos bajo su blusa y la tomé de la cintura, deslizándolas hasta llegar a
las costuras del sujetador. Bajé de nuevo acariciando su costado y de vuelta
hacia arriba le levanté la blusa, se la quité y seguí subiendo para acariciar
su rostro y soltarle la coleta. No podía dejar de cambiar mi vista entre ella y
sus muchas imágenes que reproducían los espejos. Bajé acariciando su espalda y palpé
con entusiasmo su trasero. Me sorprendió cómo se sentía todo su cuerpo. Siempre
había imaginado que las bailarinas tenían los músculos muy tensos y a flor de
piel. Pero el cuerpo de Karina resultó muy suave al tacto, además de que olía
delicioso.
A
continuación la despojé de sus pantaloncillos, aprovechando para recorrer sus largas
piernas. Me quedé viéndola vestida sólo con su lencería juvenil color pastel y
sus zapatillas deportivas blancas. La admiré de frente y en todos los ángulos gracias
a los espejos. Me encantaron sus senos pequeños y firmes. Para besarlos, la
traje hacia mí sosteniéndola firmemente de sus bien torneadas nalgas, y con la
boca fui haciendo a un lado su sostén.
No me contuve y empecé a lamer y
chupar sus pezones pequeñitos, que ya en ese momento estaban erectos y
endurecidos. La hice que se sentara en mis piernas. Besé su cuello; con una
mano acariciaba alternadamente sus senos y con la otra su sexo. Lo apreté suavemente,
busqué sus contornos y los presioné hacia arriba haciendo una pinza, volviendo
a recorrer sus ingles de un lado y del otro empujando hacia el centro, donde me
tardaba frotando rápidamente arriba y abajo.
Mi excitación creció al escuchar
cómo su respiración se hacía más lenta y profunda, convertiéndose en suspiros y
luego en gemidos ahogados. Mis dedos comprobaron la humedad que trasminaba por
la tela de sus boxers; me los olí y luego se los acerqué para recorrer sus
labios antes de besarla por primera vez.
La recosté de espaldas en un diván
próximo. Tiré suavemente hacia arriba la tela para que los contornos de
entrepierna se dibujaran nítidamente y luego empecé a bajar toda la prenda.
Pero no del todo, los dejé entre sus rodillas para impedir que separara las
piernas. Y así juntos levanté sus muslos hasta su torso e hice que se los
sujetara con las manos.
A mi vista se desplegó la vulva
más hermosa y besable que hubiera conocido. Junté las uñas de mis manos y las introduje
con delicadeza en el surco central separando hacia los lados los ya enrojecidos
labios mayores. No me contuve para besar, lamer, chupar y paladear aquella puerta
al paraíso. En eso los gemidos de su primer orgasmo dieron paso a un: “tú, tú,
tú”…
Su posición favoreció una
penetración muy profunda. Le mantuve sujetas las piernas contra su torso hasta
que decidí liberarla para que gozará a su gusto con sus variaciones preferidas.
Perdí la cuenta de sus orgasmos y del tiempo que estuvimos haciendo el amor como
locos. Finalmente me empezó a cabalgar sabiendo que ya estaba al punto del
clímax, que alcancé sujeto de sus senos y mirando todos sus ángulos en los
espejos de alrededor
Estuvimos acostados lado al lado
recuperando el aliento. Al momento de salir de ella, me comentó:
–¿Te parece si sondeo
a Jazmín para organizar un trío?
viernes, 17 de junio de 2022
jueves, 10 de marzo de 2022
Un breve reencuentro
Carolina viajó para encontrarse con Emilia, su mejor amiga, a la ciudad donde ambas se conocieron. A pesar de que quería ahorrar, decidió no quedarse con los familiares de su amiga, y se alojó en un hotel, aunque no tuviera ni la comodidad ni la privacidad a las que estaba acostumbrada. Decidió tomarlo como uno de sus viajes de aventuras, emocionada por estar en la metrópolis que no visitaba desde hacía años.
Luego de ponerse al día con sus vidas, visitaron a varias de sus amistades en común entre ellos a André, un antiguo conocido más o menos cercano del pasado, pero con quien Carolina nunca se animó a más, ya que su instinto le decía que, aunque ella lo disfrutaría mucho, él sólo le ofrecía pasarla bien. Pero esa noche decidió finalmente dejarse llevar por unas ganas que la consumían desde hacía varios años. Esperaron a que él finalizara su turno en el trabajo y fueron a comer, luego a compartir y tomar algunos tragos. Luego de que Emilia se retiró, Carolina y André se quedaron un rato más para seguir bebiendo, escuchar música y cantar. Carolina, creyendo que las cuatro horas de distancia que separaban sus hogares la pondrían a salvo de aquello que sus corazonadas siempre le habían advertido, le susurró a André que quería estar con él: sólo sexo sin compromisos.
Por la mañana, Carolina pretendió que no había pasado nada, aunque su cuerpo se encendía de nuevo cuando evocaba lo ocurrido. Salió con Emilia a seguir conociendo y visitar a varios amigos, pero sólo tenía en mente cuánto había gozado con André, tanto que se animó a confesarle lo que pensaba; total, se iría de la ciudad, ¿qué podría pasar? Pero él no se encontraba disponible, así que no le quedó de otra más que continuar como si nada.
La noche siguiente sería la última de Carolina en la ciudad, y de verdad lo único que quería era pasarla con André. No podía sacarlo de su mente, así que se atrevió a pedirle otra vez que se reunieran, aun temiendo que nuevamente dijera que no. Y casi saltó de alegría cuándo le respondió que sí, pero que se quedara toda la noche. Ok, ya tenía la respuesta que quería. Carolina y Emilia se encontraron en un bar; Caro no quería lagunas en sus recuerdos, así que se abstuvo de beber alegando que había tomado una pastilla para el dolor. Cuando finalmente Emilia se retiró, Carolina, muy emocionada, corrió a su cita, aunque sin demostrar que estaba realmente muy feliz, tanto que él llegó a pensar que algo la molestaba.
Aunque se había autoimpuesto la regla de “nada sin condón”, sin importarle si André tenía o no el preservativo buscó complacerlo con su boca de la misma forma en que ella se sentía complacida. Caro disfrutaba escuchar sus gemidos mientras metía en su boca todo lo que le cupiera, aunque le daba miedo hacerle daño. Y cuando esperaba ansiosa el momento en que llegara en su boca, él se la quitó de encima y la tiró contra la cama. Tuvo sentimientos encontrados: quería complacerlo oralmente, pero a la vez deseaba tenerlo dentro, así que se dejó llevar. Después de que la penetró, sólo logró captar nebulosas escenas de cómo le agarraba la pierna levantándosela para entrar más profundamente, haberse quejado cuando le mordió uno de sus pezones, y luego cómo se colocaba por completo sobre ella haciendo palanca con sus hombros para llegar hasta el fondo a plena satisfacción… eso la perdió completamente, ya no recordaba nada más sino que él había terminado y ella estaba sin aliento.

